miércoles, 26 de agosto de 2009

AMOR Y MUERTE EN EL CEMENTERIO CENTRAL (Etnografía 2007)

He visto cuerpos agotados de ceder a devenires simples y repetitivos, he visto cuerpos unirse sin otra intención más que venerar a la muerte. He visto a la muerte vestirse de negro para convertirse en icono y he visto blancos presagios dándole paso en sueños y visiones.
Vi cauces de sangre cruzarse con cauces de sudor salado, ambos corriendo por cuerpos exhaustos de bailar, de hacer parte de una danza macabra del amor donde se combinan en un rito que termina por dejar exánimes a sus oficiantes con fuerza suficiente solo para huir, dejando un rastro tras ellos y dejándolos con la sensación de haberse sentido muertos por unos segundos en suelo sagrado, de “vivir” le petite morte.
De nuevo mas preguntas me acosan y solo pretendo saber cómo puede llegar alguien a practicar este rito, no porque sea denigrante ni porque sea prohibido, sino por lo poco convencional que resultan el amor y la muerte juntas en una época en la que ya no se entienden de la misma forma.
La muerte y el amor son dos estados que siempre estarán en nuestra cotidianidad, tan primordiales a ella como la sangre a nuestro cuerpo. Y tan indispensables como imposible es separarnos de ellos.

Una especie de horror se despierta en la conciencia al presenciar un rito de esta particularidad, pues a pesar que uno cree tener la apertura de mente suficiente para hacer frente todo tipo de experiencias, la variabilidad del ser humano no termina nunca de sorprendernos.
He trabajado este hecho con una pareja de amigos (y dudo que de otra manera hubiese podido hacerlo), quienes se prestaron para hablar de ello y me hicieron observador del rito, mas su única condición fue la de no revelar sus nombres, petición que aun no logro entender pues sin duda no son los únicos que practican el ritual. Lo que me dieron a entender por la discreción con la que manejan el tema es que es un acto ilícito.
Este rito esta inevitablemente envuelto en una serie de simbologías, sobre la muerte, el duelo y el amor, además, este ritual me ha llevado a indagar sobre otros casos similares ocurridos en el mismo lugar, en la noche, y de manera clandestina. Todos envueltos en el mismo halo macabro, relacionando la muerte con otros aspectos de la cotidianidad del ciudadano nocturno.

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La noche que llegamos allí, ellos iban totalmente de negro, su ropa, con algunas piezas de cuero, me recordaban la vestimenta de los integrantes del grupo musical Cradle of Filth, quienes, según la pareja, hacen “Black Metal” y han sido sus ídolos desde que se consideran “metaleros”. Su cuerpo estaba totalmente cubierto a excepción de las blancas manos de ambos, él tenía un pantalón de cuero apretado y unas botas grandes de motociclista con broches de correa que le llegaban casi hasta la rodilla, tenía una camisa negra de mangas largas que ocultaba bajo una chaqueta también de cuero y correas con anillos de acero en las mangas y en los broches cuyo largo llegaba más o menos a la mitad del fémur y lucía al igual que yo, un pasamontañas negro que dejaba ver solo la boca y los ojos. Ella iba con unas botas largas de cuero pero no tan aparatosas como las de su compañero, tenía unas medias veladas de lana negras que llegaban más arriba de lo que la apretada minifalda mostraba, una chaqueta de cuero cubría su torso y brazos, y de las charreteras que esta tenia colgaban dos cadenas gruesas que empezaban a oxidarse, se cruzaban en la espalda y terminaban en dos anillos de acero a la altura de los riñones. Su cabello, largo y negro, aun lograba escaparse por debajo del pasamontañas y caía muy ligero sobre las cadenas de la chaqueta. Él usaba guantes, pues el frio a esa hora nos dificultaba cada paso y ella ocultaba sus suaves y menudas manos en los bolsillos delanteros de la chaqueta, y de ahí no las sacó sino hasta el momento de entrar al cementerio.
Llevábamos un maletín negro en el que había cuatro velas negras que él había fabricado, una daga parecida a una espada larga medieval pero en versión miniatura cuyo filo hacía necesario un improvisado forro de cartón, cuatro condones, una botella de aguardiente, un rollo de papel higiénico, una cobija y un revólver cargado mas ocho balas de munición. Este último le había sido prestado a Edward por un amigo suyo que ejercía como vigilante privado con el único objeto de defenderse de las “ñangas” que acechan en la oscuridad.
La noche estaba tan fría como puede serlo después de un día totalmente despejado, y una luna descomunal nos iluminaba el paso, yo iba con un jean, una chaqueta y una ruana, quien nos hubiese visto de lejos hubiera dicho que vio a Edward manos de tijeras, y a una vampira siendo acompañados por un celador de estatura considerable.
Cómo llegamos hasta allí, ya lo explicaré.
Varios meses llevo prestándole atención a la muerte, ya había hecho un corto trabajo sobre el duelo, y pensaba continuarlo con una investigación más profunda, indagando sobre más temas relacionados con los ritos de este, me había retroalimentado de algunas fuentes muy interesantes pero me di cuenta que en ellas no había mucho de lo que yo buscaba, me sentía intranquilo con el trabajo. Un día macabro, estaba yo sentado en la sala de velación de Capillas de la Fe, donde se velaba la abuelita de un amigo, estaba anotando descaradamente en mi diario de campo sin preocuparme en lo más mínimo el que alguien supiera lo que estaba haciendo, hacia preguntas en voz baja a los dolientes y me sentaba de nuevo a escribir. Entonces vi aparecer a Edward y a Mina en la sala, los tres compartíamos la dichosa amistad con el doliente así que me pareció sensato que aparecieran allí, iban vestidos muy formales, sin particularidades como lo hicieran el día del ritual. Charlamos un rato y yo les conté que indagaba sobre temas relacionados con la muerte y el duelo, y poco a poco me fueron contando muy prudentemente el ritual del que eran partícipes una vez cada seis meses. No se tocó más el tema pero me despertó un gran interés y cuando fui a proponerles una entrevista, aceptaron encantados e incluso quisieron que los viera practicarlo, cosa que me contrarió un poco pero a fin de cuentas era una tentadora invitación.
Para ello me prepare con unos binoculares y mi diario de campo, aunque me pesó no haber llevado la cámara o la grabadora debido a la inseguridad del sitio y la incomodidad de ellos al ser tomados en imágenes.
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Quedamos de encontrarnos a las seis de la tarde en casa de Mina, quien vive justo frente al cementerio por el costado sur, lo que llamaríamos la entrada trasera, en el barrio Los Mártires. Cuando llegué los dos ya estaban allí vestidos y dispuestos a contarme el plan, me indicaron por donde debía entrar, quien era el sujeto que nos iba a dejar hacerlo, y me dijeron que toma más o menos dos horas en terminar el acto, no permití que me contaran como se desarrollaba el ritual del sexo gótico sino hasta después de verlo, pues quería plasmar la primera impresión que se me mostrara de ello. Me dieron tinto “fortificado” con aguardiente y bebimos una que otra cerveza mientras se daba la hora.
Mina me contó que era mesera, en un restaurante del centro, arriba de la cuarta, que vivía en su casa sola cuando no estaba acompañada por Edward. Tiene veintitrés años de edad y su forma de vestir es muy particular, casi siempre se viste de negro y cuero, mide más o menos un metro sesenta y cinco centímetros y es delgada a pesar de tener un cuerpo de muy buenas formas. Me di cuenta en su forma de hablar que no carece de elocuencia y habla con propiedad de los temas sobre los que ha leído, encontré en un estante de su casa cuatro libros de Los Reyes Malditos, varias revistas de Metalhead y uno que otro libro de Voltaire y Dumas. Su casa no era un sitio muy común, pues estaba llena de fotos de necropsias y accidentes, había manchas en el suelo de algo que intuí era sangre y la ventanas estaban totalmente cubiertas por bolsas plásticas negras, unas cuantas velas iluminaban la habitación en la que estábamos. “Bienvenido a mi pedazo de infierno” me decía cuando llegaba a su casa.
A Edward yo ya lo conocía desde hacía un tiempo, habíamos estudiado juntos en el colegio. Él es alto, más o menos un metro setenta centímetros, muy delgado y siempre he pensado que es un poco emocional; se altera muy fácilmente. Lleva dos años siendo novio de Mina y desde que se fue de la casa de sus padres, ha permanecido mucho tiempo en casa de ella. El vive en una habitación cerca de allí, llegando a Paloquemao y trabaja como ayudante de decoración de interiores. Tiene el pelo largo y es blanco de protegerse del sol y a diferencia de Mina, no le gusta leer mucho.
Hablamos de ellos y de mi, hasta que el reloj marcó las once y treinta, cuando nos abrigamos bien y salimos, ofrecí quedarme a verlos desde la ventana pero no aceptaron, así que me puse una ruana de mina que me quedaba un poco corta y los seguí hasta la calle y allí llevamos a cabo el plan de entrada. Edward me ofreció el revólver, me dijo que los cuidara, yo no lo acepté y de ninguna manera lo habría aceptado pues tenía la idea que íbamos a ser descubiertos y no habría sido conveniente que me encontraran portando un arma a esas horas y en ese sitio.
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Muy silenciosamente se dirigieron hacia la esquina sur oriental de la necrópolis y allí tendieron la cobija, se dijeron algo al oído que no entendí pues estaba un poco lejos y pusieron las cuatro velas en forma de cruz alrededor de la cobija. Las encendieron y procedieron a sacar las cosas del maletín, la daga, la ubicaron en la cabecera del lecho, y los condones y el papel lo pusieron al lado izquierdo del lecho junto a la botella de aguardiente. Quedo más o menos así:

(Figura aparece en el original)


Se desnudaron dejando y comenzaron a mimarse mutuamente, me sentí un poco incomodo por ver su intimidad y más aun cuando sacaron la daga de su funda y empezaron a acariciarse con ella, se acostaron y cada uno se bebió media botella de aguardiente. Empezó el ritual cuando empezaron a tener sexo, se acariciaron con la daga hasta causarse heridas superficiales en el pecho y la espalda que empezaron a sangrar, se frotaban con la sangre por todo el cuerpo y desde lejos pude ver con incomodidad cómo salía vapor de sus cuerpos, tal vez por la sangre mezclada con el sudor en el calor del movimiento. Cuando una herida dejaba de sangrar, era presionada y succionada hasta que la sangre saliera de nuevo, y así duraron las dos horas que me habían dicho parando periódicamente para limpiar el cuerpo con el papel y cambiar de condón. La daga siempre estaba con ellos pues con ella se acariciaban e insinuaban cortes peligrosos que no se llevaban a cabo.
Tuve la suerte que el frío no me dejo dormir, y pude ver como concluyó el ritual con el último de cuatro éxtasis, cuando se levantaron, guardaron la daga, se limpiaron mutuamente con el papel y se vistieron de nuevo. Recogieron sus cosas y se dirigieron hacia donde yo estaba, en ese momento yo estaba un poco pasmado pero pude incorporarme para salir de allí e ir a casa de Mina.
Mientras estuve allí sentado reflexioné sobre lo que estaba viendo y había unas cosas que no encajaban en lo que tenía en mis preconceptos. Una de esas cosas era el hecho que se estuviera venerando a la Muerte (según la pareja) y por eso se vistieran de negro. Me pareció una confusión de interpretaciones, pues el negro es el color del duelo, y según Fanny Berger , la Muerte siempre se viste de blanco, desde la forma de ver la muerte por los bohemios (de Bohemia) en la supervivencia de la antigua Diosa de la muerte Morana, y en la tradición anglo germana de ver a la muerte como un carruaje tirado por caballos blancos, e incluso en Roma en el siglo segundo después de Cristo, soñarse vestido de blanco era símbolo de muerte, pues así se vestía a los muertos, mientras que el negro, simbolizaba la recuperación, y esa era la razón por la que lo vestían los dolientes. Además hace un tiempo había sido partícipe de un rito anual de una muy buena amiga mía, un ritual de duelo, en el que ella iba vestida de negro y en un cementerio cualquiera al caer la noche, ella se hacía cortes de bisturí en los brazos frente a una tumba y dejaba que su sangre cayera al suelo, tras esto, invitaba a su acompañante de turno a su casa para terminar el duelo teniendo sexo. Sea cual fuere el color de la muerte, ¿cuál es la relación entre amor y muerte?, ¿por qué unir el sexo con el duelo y los muertos? Schopenhauer ya lo habría dicho de algún modo, pues para él los dos son contrarios, opuestos, y por ello se neutralizan en la forma en que lo hacían los romanos, adornando sus féretros con diseños de danzas y fiestas representativas de la vitalidad. Esto lo puedo comprobar en las no pocas historias que hay sobre amor, y una de ella es la triste relatada por Dostoievski en su Crimen y Castigo donde un enamorado, Svidrigaylof, sucumbe a la muerte ante la imposibilidad de consumar su amor con Avdotia Romanovna, y para no ir más lejos en ejemplos, veamos a Romeo y a Julieta que no soportan tampoco una vida sin estar el uno con el otro.
Y además, ¿qué papel juega aquí la sangre? Me atrevería a decir que la sangre quiere representar la corrupción, y que al derramarla sobre suelo sagrado, se espera rendir tributo a la “maldad” de la muerte, pero el color negro en la vestimenta si debe ser definitivamente el duelo que atravesaba a mi amiga y la tendencia de Mina y Edward a venerar a la muerte vistiéndose del color en el que aparece en las caratulas de los álbumes musicales de algunos grupos de metal. Aunque algo que dijo Mina me dejo la duda de si es la búsqueda de la muerte lo que los impulsa a hacer sus rituales.
Al llegar a la casa, ellos estaban totalmente exhaustos, guardaron en una bolsa todos los desechos del ritual y se bañaron juntos. Al salir, mientras se trataban las heridas con isodine y alcohol, les pregunté cómo se sentían, respondieron “lo mejor es hacer cosas sucias en un lugar sagrado”, y a continuación Mina dijo: yo siempre me siento como un poquito muerta cuando me “vengo” así.

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